martes, 26 de febrero de 2013

MIEDOS Y DESPERTARES

  Una de las cosas que me da mas miedo, como actor a la hora de enfrentarme a un personaje o subirme a un escenario, es hacer el ridículo, sentirme ridículo. Es un gaje del oficio, va en el lote de ser actor. No hablo de hacer el payaso como dirían los demás ni de que se rían de mí (que no conmigo), sino de hacer una función horrible, tener una noche horrible donde realmente mi trabajo realmente apeste,
cagarla de verdad en una función. Es algo que realmente me aterra. Y lo pienso muchas veces y me digo a mí mismo que jamás me voy a permitir que me pase algo así. Pero a veces me pasa: cambio una frase del texto, o me salto parte de una parrafada, o de pronto descubro que aquella carta que tenía que tener en el bolsillo de la chaqueta y que tengo que sacar para leer... ¡No está y no sé como solucionarlo! y me pongo nervioso y ya no doy pié con bola durante el resto de la función. Cuando se cierra el telón pido disculpas a mis compañeros/eras, me enfado conmigo mismo y hasta me insulto a mí mismo y pienso que soy un inútil y un mal actor y bla, bla, bla...

Pero ¿Sabeis una cosa? La experiencia me ha enseñado que, en este oficio, si no eres capaz de aceptar en tí el fracaso o el ridículo, tampoco tienes la posibilidad de ascender y avanzar, mejorar, evolucionar. Es lo que siempre pienso cuando me calmo tras una función fallida. Tengo que aprender de mis errores.

Por eso, cuando acepto un papel, procuro asumir riesgos. Intento aceptar papeles que se alejen de cómo yo soy y que me obliguen a salir de mi zona de comfort, de los papeles que sé que me funcionan y en los que me siento cómodo. No siempre es posible porque no siempre tengo varios personajes o proyectos dónde elegir. Pero cuando puedo, quiero permitirme fallar, fracasar y caer porque esa caída, ese fracaso, me va a permitir explorar partes de mí mismo que de otra forma no surgen y que voy a poder utilizar en futuras funciones.


Adoro mi profesión. Una de las primeras cosas que pensé cuando estaba en primero de la BAI fue que todo el mundo debería hacer esto, aprender las cosas que aprendes cuando estudias interpretación, no importa si eres albañil, carnicero o marinero. Aprender algo aparentemente tan sencillo como RESPIRAR BIEN por ejemplo. Si yo pregunto a alguien ¿Sabes respirar? Seguramente se reirá de mí o me mandará a la mierda. Cuando estaba en primero y me lo preguntaron a mí, me reí. Claro, inflo los pulmones y ya está. Pero cuando me enseñaron que se puede respirar más y mejor hinchando el abdomen, respirar con el diafragma, me dí cuenta de que hay un montón de cosas que damos por sentadas que sabemos hacer y no es así. RESPIRAR BIEN es, si no la más importante, una de las mas importantes. Porque si nuestro diafragma está cerrado, nuestras emociones están cerradas, comprimidas y nosotros mismos estamos cerrados a los estimulos que nos llegan desde el exterior. Y ser actor consiste precisamente en ser y estar abiertos, estar presentes, en prestar atención, escuchar... y aprendes muchas cosas sobre tí mismo, sobre quien eres, sobre la naturaleza humana... y creo que todos deberíamos aprender estas cosas.
La esencia de un actor, la vida de un actor consiste en estar despiertos. Uno de los grandes errores que cometemos en nuestra vida social y en nuestras relaciones personales es dar por sentado que estamos despiertos cuando realmente estamos dormidos. Podemos tener una relación de pareja en la que los dos estamos dormidos durante años y ni siquiera nos miramos a los ojos de verdad el uno al otro; y esa relación se deteriora con los años y ni siquiera nos damos cuenta de por qué. Porque nunca nos hemos visto. En cambio sobre el escenario la relación con mis compañeros en ese momento preciso tiene que estar viva, activa, abierta porque sino la escena no funciona y el público lo nota.

Y si puedo hacerlo en el escenario ¿Por qué no voy a poder hacerlo en mi vida cotidiana?

Sé que no es fácil, pero sólo hay que ver oportunidades de estar despierto en la vida.