lunes, 11 de marzo de 2013

CONEXIÓN

Me cambio de ropa y me pongo la ropa de trabajo. Mi camiseta y mis pantalones elásticos del chino. Negros los dos. Cambio el chip. Se acabó la cháchara, ya habrá tiempo para más luego.Voy a trabajar. Pies descalzos a la distancia de las caderas, apuntando al frente, descalzos porque la conexión con el suelo es primordial; rodillas desbloqueadas, cóccix neutro como si un hilo invisible tirase de él hacia abajo. Ni hacia adelante ni hacia atrás; en el medio. Espalda recta, hombros abajo, cuello estirado y la mirada fija en el horizonte. Respiro empujando el aire que entra hasta la pelvis. Y de pronto... ESTOY. Soy yo, aquí y ahora sin pensar en el pasado ni en el futuro.
Hay otras personas conmigo haciendo lo mismo que yo. Pero ahora mismo no me importan, no sé quienes son, ni lo que piensan.


Caliento mis manos frotándolas entre sí y me las coloco en cabeza, cuello, pecho y abdomen. Empiezo el trabajo individual con varios estiramientos. Poco después, descubro la llamada "Energía del gato": el gato es rápido, silencioso, eficaz y está alerta aún cuando parece despreocupado. Puede pasar de estar tumbado a correr con una fuerza explosiva en un microsegundo. Esa es la energía que debe tener un actor en el escenario. Esa es la energía que debo tener yo. Es así de sencillo. Conecto conmigo mismo y con lo que tengo alrededor. Estoy ABIERTO. Me permite buscar mi equilibrio precario, jugar con él; jugar a desequilibrar mi cuerpo, a buscar dónde están mis límites y avanzar con ellos. Me permite jugar con fuerzas contrapuestas que actúan sobre diferentes partes de mi cuerpo. Provoco impulsos cortos y marcados.Y es en ese juego unipersonal donde ya no solo estoy y existo, sino que además, tengo PRESENCIA. Hay otras personas que hacen lo mismo, pero ahora su presencia capta mi atención y mi presencia capta la suya. Ya no somos individuos aislados. Somos personas abiertas las unas a las otras.

Cuando dos personas presentes, abiertas unen sus manos y ojos, su atención y sus energías conectan y se convierten en una sola. Miro directamente a sus ojos y, aunque no conozco a quien tengo delante, recibo cosas suyas, pensamientos suyos que no podría averiguar de ninguna otra forma. Mirar a los ojos de otra persona es una herramienta muy poderosa. Así, cuando doy un impulso en una dirección, una leve presión, la otra persona lo percibe, lo recibe y se mueve en consecuencia y cuando ella lo da, yo lo noto, lo recibo y me muevo en la misma dirección. Nos movemos adelante y atrás, a un lado y a otro, en círculos, despacio o rápido, no importa. Nuestras manos y ojos no pierden contacto y la conexión se refuerza tanto, que aunque separemos las manos un par de centímetros, ese espacio permanece inalterable mientras nos movemos. Y aunque bajemos las manos y nos alejemos hasta el otro extremo de la habitación, sólo con seguir mirándonos, las energías siguen unidas y la conexión perdura; seguiremos moviéndonos el uno con el otro incluso en una estancia llena de gente. Acción y reacción son posibles y existen gracias a la conexión. Esta conexión puede durar un suspiro, un minuto, una hora... o una vida entera. Y puede ser tan grande y poderosa como para unir entre sí a decenas de personas y crear un animal, un ente social en el que los individuos que lo forman se mueven  de igual forma y al mismo tiempo, convirtiéndonos a cada uno de nosotros en algo más grande, más fuerte y más consciente de nuestra existencia que nosotros mismos.


Gracias, Juana Lor, gracias Kabia y Punto de fuga.